viernes, 22 de abril de 2016

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Pero antes de proseguir con esta aventura, hablemos de cómo conocí a Chiquito. Lo conocí hace tres años cuando Raquel, que es una amiga española que trabaja en una ONG, nos convidó a que fuéramos a ver los gatitos que había rescatado de la lluvia. Como muchos de ustedes saben, una ONG es una organización que se encarga  básicamente de ayudar a comunidades pobres. Pero Raquel tiene un corazón tan bondadoso que no sólo se interesa por los seres humanos, sino también por los animales. Así que una tarde que llovía a cántaros, Raquel caminaba por la Zona Colonial y se topó milagrosamente con una caja llena de gatitos y sin pensarlo dos veces la tomó y se la llevó a casa. Tuvieron suerte de que ella los recogiera ya que el agua se estaba metiendo en la caja. Los secó y les dio leche con una jeringuilla. Por días se dedicó a su alimentación y a enseñarles a realizar sus necesidades básicas. Ya que estaban recién nacidos eran diminutos. Para que se hagan la idea de su tamaño,  en ese entonces  cualquiera de ellos me cabía en la palma de la mano.  
Así que Raquel nos invitó a verlos  y nos sugirió que nos lleváramos uno. Cuando llegamos Raquel  alimentaba a los gatitos utilizando una jeringa.  A los gatos los había colocado en su estudio: debajo de la computadora tenía las camitas de los gatos y al lado de los libreros y de un mueble estaban sus juguetitos. Había un olor fuerte a gato y a leche.  La ventilación era pobre porque la puerta se mantenía siempre cerrada. Esto se debía a que Raquel temía que su perro y su gato adulto le hicieran daños a los gatitos. Sin embargo, nunca hubo incidente y todo  transcurrió de manera perfecta. 
Entretanto, los gatitos estaban por doquier, trepándose a los muebles, jugueteando entre ellos o durmiendo. Son cinco. Tres hembras y dos machos. Como las hembras ya tenían dueños, sólo teníamos de opción para llevarnos a  los machos, que aunque son hermano, lucen distintos, uno es rubito y el otro moreno. Decidimos llevarnos el gatito rubio que  se veía más frágil y  como que  requería más ayuda. Sin embargo, en el último momento el morenito se le acercó a  Giselle y la miró a los ojos y la desarmó.  
-Nos llevamos este también – dijo.
Este, por supuesto, era Chiquito.  Llevamos a los dos gatitos a la casa y los alimentamos y limpiamos. Compramos la arena para que hicieran sus necesidades, la comida y uno que otro juguete. Aún no les teníamos nombres. Chiquito tiene manchas negras. Pero sobre todo tiene  en el lomo una en forma circular, que hace pensar en un botón. Cuando era bebé se notaba más. Ahora no tanto. Por  esa razón, Raquel se refería a él como botón. Sin embargo, Botón nunca me convenció como un nombre para gato.
Ya que ambos se trepaban a los estantes y dormían entre los libros, decidimos ponerles nombres de poetas. Así que al rubito le pusimos T S Eliot y al Chiquito le pusimos Ezra Pound.  Por supuesto, ninguno de los dos respondían cuando los llamábamos con esos nombres. 
Con el tiempo T S Eliot -el rubito-,  se fue de la casa y no volvió más. Fue una pérdida dolorosa. En este instante, no tengo el ánimo apropiado para contar esa historia, quizás más adelante aparezca en futuras aventuras de Chiquito, pero sólo pensar en eso me pone lloroso. Con su pérdida bautizamos a Ezra Pound Chiquito, y  lo hicimos porque suponíamos que con ese nombre, nunca iba a crecer,  mantendría siempre su ternura, y por supuesto, no nos abandonaría.

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