Chiquito es uno de los pocos gatos que
prefiere la poesía a la narrativa. Lo que por supuesto, no quiere decir que
sólo lea libros de ese género, al
contrario, Chiquito lee de todo. No tengo idea de cuántos libros ha leído. Pero
han sido muchos. Desde temprana edad
solía leer de manera voraz. Cuando digo voraz
no lo digo en sentido metafórico, Chiquito mordía los libros, hasta que
le explicamos que era más interesante abrirlos y leerlos. Así que poco a poco
se le fue creando el hábito. En los libros descubrió un mundo que lo hacía
feliz y que lo hacía soñar. Echado en una silla o sobre la mesa del patio, se la pasa soñando
con todas esas historias que ha leído.
Chiquito ha sido un gato privilegiado.
Algunos gatos no tuvieron la suerte de tener unos amos que les hayan incentivado el
hábito de la lectura. Por lo que la
mayoría de los gatos al ver un libro y no entender que deben abrirlo y
leerlo, suelen criticar a los que lo
hacen y hasta muchos han concebido la extraña idea de que si se
deshacen de todos los libros van a destruir a la raza humana. La primera vez
que Chiquito escuchó esta insensatez fue en una azotea del barrio. Las gatas
que le vinieron con el cuento decían que quien se lo había contado era el
archienemigo de Chiquito, el gato amarillo. Para los que no conocen al gato
amarillo, les cuento que es todo un
misántropo que sueña con adueñarse del
mundo. Y al parecer sueña mucho con eso, ya que se pasa el día entero durmiendo debajo de los carros de la calle.
Cuando no duerme está contando todas esas ideas descabelladas a quien quiera escucharlo. Pero no sólo eso, las gatas también le contaron que su archienemigo
había robado uno de mis libros más
valiosos. En un principio, Chiquito no hizo caso del chisme, pero luego le dio
curiosidad y se dirigió a nuestros estantes de libros para ver si faltaba alguno. Fue
recorriendo los libros que están organizados de una manera sistemática
y al mismo tiempo caprichosa. Le llamó
la atención que donde se suponía debía estar el libro Borges de Adolfo Bioy
Casares hubiese un vacío. Se fijó que el libro no estaba en los
alrededores ni en la mesa ni en mi mesita de noche. Entonces comprendió que
alguien se lo había llevado. Pero cómo pudo alguien haber cargado ese libro tan pesado. Es
imposible irse por la puerta cargándolo sin que nadie te vea. Estamos hablando
de un libro que tiene 1663 páginas. Es toda una conspiración, pensó Chiquito, que
no dejaba de pensar en cuál sería mi reacción cuando buscara el libro y no
diera con él, un libro que no se consigue en Santo Domingo y que para
mandarlo a pedir fuera hay que pagar más por el importe de envío de lo que
puede costar, o si uno lo compra fuera, pagar un dinero extra por exceso de equipaje. Pensando en todo esto a Chiquito le fue dando sueño hasta que se quedo dormido en el espacio vacío que el libro había dejado.
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